Santa Teresita del Niño Jesús

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EVANGELIZAR DESDE EL ESPÍRITU DE TERESA DE LISIEUX:

 “Teresa de Lisieux no ofrece una doctrina teológica o pastoral sistemática sobre la evangelización. La fuerza y la luz de su aportación no están en unos escritos teológicos, sino en su vida. Su modo peculiar de percibir o de vivir el misterio del Amor misericordioso de Dios a todo ser humano, su amor apasionado por los pecadores y a quienes viven alejados de la fe, su voluntad de ofrecer un camino accesible para que hombres y mujeres de cualquier condición puedan caminar con confianza hacia Dios, su Salvador, nos ofrecen claves de importancia decisiva para impulsar en nuestros días el acto evangelizador”.

1.     Evangelizar desde el amor. Teresa nos recuerda lo esencial, que una Iglesia sin amor a Dios y sin amor al hombre de hoy es una Iglesia sin capacidad para evangelizar. La Iglesia ha de ser corazón ¿Para qué sirve toda la sabiduría teológica, el magisterio, la vigilancia moral, si falta el amor? Quizá sea éste el verdadero problema de la Iglesia, y por ahí vienen las exhortaciones de Francisco, y ahí está el mensaje luminoso de Teresa: Necesitamos una Iglesia con corazón que sepa amar a los hombres y mujeres de hoy, con sus problemas y conflictos, con sus contradicciones y miserias. La vocación de la Iglesia es el amor.

2.     La buena noticia del amor misericordioso de Dios: El Dios que muchos han conocido es un Dios sombrío y poco humano. Su experiencia religiosa se ha sustentado, en buena parte, en el miedo a Dios. Un Dios juez, vigilante y severo, más que un Dios Padre misericordioso. Según los estudiosos de la santa, la gracia más grande que ha recibido Teresita es el conocimiento que ha tenido de la misericordia de Dios. Conmueve la fuerza con la que Teresas ha creído en el amor de Dios, la audacia de su confianza. Esta misericordia es el corazón de su teología. Así, una nueva evangelización ha de ayudar a vivir una experiencia nueva de Dios, la de que Dios es bueno, y encontrarse con él hace bien, y acoger su amor es conocer la alegría. Dios será buena noticia si las gentes pueden captar en la Iglesia lo que captaban en Jesús: que Dios es amor, que está siempre del lado del ser humano, que sólo interviene para salvar, que sólo exige y busca lo que es bueno para nosotros. El amor de Dios es más grande que nuestros discursos, nuestra moral y nuestra disciplina. Dios es amor infinito. Su misericordia no cabe en ninguna Iglesia. Dios es Dios, confíen en Él.

3.     Abrir el camino de la confianza: Teresa no descubre este camino fácilmente, necesitará la ayuda del padre Alexis Prou y todo un proceso posterior, “para lanzarse a velas desplegadas por los mares de la confianza y del amor”. Su mensaje es este: el único camino que conduce hacia Dios Padre es el camino del abandono vivido sin miedo, el de descubrirnos hijos muy amados, que esperan todo de su “Abba”. Así, desarrollar el camino de la confianza y el abandono significaría dentro de la Iglesia el desmantelamiento de un cristianismo glorioso, hecho de certezas y seguridades, orgulloso de sus propias virtudes y fundamentado en el cumplimiento del deber religioso, para construir comunidades más humildes y evangélicas, conscientes de su propia fragilidad, centradas en el Amor misericordioso de Dios como única fuente de confianza. Es el camino mejor para librarnos del integrismo, el fundamentalismo o el fanatismo, que son siempre frutos del miedo y expresan la incapacidad de arriesgarse y vivir la fe a la intemperie. Además, el abandono confiado en Dios es el camino acertado para ir al encuentro de la increencia moderna, pues mostraría que la dependencia de Dios, inspirada por el amor, conduce al ser humano a su justa autonomía, la que mejor puede conformar su libertad y dignidad.

4.     En común con los no creyentes: En la Pascua de 1896 Teresa se vio invadida por las más densas tinieblas, y en esa noche oscura permanecerá hasta su muerte. Esta noche está descrita por Teresa con rasgos que la emparentan con la crisis moderna de la fe. Es una experiencia en la que su fe queda reducida a “querer creer”; no significa esto perder la fe, sino perder “la alegría de la fe”. Aunque exteriormente presenta un rostro risueño, lo cierto es que no experimenta el menor gozo. En el fondo de esta ausencia de alegría se encierra la experiencia de la “ausencia de Dios”, un vacío abismal en el que todo ha desaparecido. Teresa no tiene argumentos y pruebas, sólo oscuridad y vacío, o como dice Teresa, “como un muro”. Lo admirable es que Teresa sabe “seguir allí, a pesar de todo, mirando fijamente la luz invisible que se oculta a su fe”. Estas tinieblas de Teresa le hacen compartir, de alguna manera, la crisis de esperanza que se vive en el mundo moderno. A través de esta experiencia Teresa va a llegar a la comprensión profunda de la increencia y la impiedad. “Yo gozaba por entonces de una fe tan viva y tan clara que el pensamiento del cielo constituía mi felicidad. No me cabía en la cabeza que hubiera incrédulos que no tuviesen fe. Me parecía que hablaban por hablar cuando negaban la existencia de Dios… Jesús me hizo conocer por experiencia que realmente hay almas que no tienen fe, y otras que por abusar de la gracia, pierden ese precioso tesoro, fuente de las únicas alegrías puras y verdaderas. Permitió que mi alma fuese invadida por las más densas tinieblas”. A partir de aquí Teresa ya no hablará de los incrédulos desde fuera, como a distancia. Ahora comprende el dinamismo espiritual que puede llevar a un creyente a la negación de Dios, y por ello considera a los no creyentes con toda naturalidad “hermanos”, reza y pide perdón en nombre de estos. Teresa hace causa común con los impíos, animada por el ejemplo de Jesús, “amigo de pecadores”, y “se sitúa entre los pecadores, no entre los justos”, acepta  sentarse a la mesa con los pecadores y compartir su pan amargo, hasta que legue el día señalado. Así, la prueba de Teresa se convierte en compasión, cercanía, intercesión, y aun más: ella se ofrece a ocupar el lugar de los pecadores y sufrir en esta tierra el dolor de la ausencia de Dios para que ellos tengan vida después de la muerte.

“Antes de poner en marcha ninguna acción evangelizadora hacia otros, hemos de tomar conciencia de nuestra propia falta de fe. Nunca es posible trazar fronteras claras entre creyentes y no creyentes. En todo creyente hay un no creyente, y viceversa. En todos hay trigo y cizaña. Nadie posee a Dios con seguridad; y, por ello, al hablar de Él, nadie se ha de colocar secretamente por encima de nadie. A Dios no se le anuncia desde la superioridad. Dios nos trasciende a todos. No es un dato disponible y verificable para nadie. Ante Él, todos, creyentes y no creyentes, compartimos la misma finitud radical. Sólo desde esta humildad podemos ayudarnos a buscar juntos sus huellas. De no ser así, la evangelización corre el riesgo de convertirse en una pastoral de reconquista o en un proselitismo a ultranza”(PAGOLA).

El acto evangelizador sólo puede nacer de la comunión fraterna. Todos somos hermanos y hermanas. Todos caminamos a tientas. A todos nos ama Dios sin fin. Los no creyentes no son adversarios ni antagonistas, no se trata de entrar en duelo con ellos, anulándolos o reduciendo su discurso contrario a la fe. La evangelización se ha de hacer hoy como diálogo fraterno y servicio humanizador.

 Teresa de Lisieux es hoy una llamada apremiante a evangelizar desde el amor, comunicando al ser humano de este tiempo la  buena noticia del amor misericordioso de Dios, abriendo sin miedo el camino de la confianza y viviendo ardientemente la comunión fraterna con los no creyentes.

(Notas tomadas a partir de la lectura

de una conferencia de José Antonio PAGOLA)

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